“TEMPO” de Isabel Rezmo en The booksmovie.com; Fonoteca de Poesía

En la página the  The Booksmovie.com  ….la página de Fonoteca de Poesía, podéis encontrar entre distintos autores una selección de poemas pertenecientes al quinto poemario  TEMPO. Espero que os guste

The Booksmovie.com  es una página de poesía recitada que abarca desde poesía clásica a poemas en otras lenguas, en una amplia y exquisita selección de autores que permite recoger y disfrutar de la poesía. Un deleite para todos los amantes de la cultura y la literatura.

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“YO NO RUEGO, NI ROBO”, ROMINA FUNES, POETA por Rolando Revagliatti

Romina Funes 23 - en 2006

Romina Funes nació el 29 de julio de 1981 en la Ciudad del General Don José de San Martín, provincia de Buenos Aires, República Argentina, y reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Junto a Luis O. Tedesco coordinó en 2013 y 2014 el Ciclo “Versolibre” en la Universidad Nacional de San Martín. Desde 2010 conduce el Ciclo “Letras & Música”. Poemas suyos han sido traducidos al portugués, rumano e inglés. Entre otros medios gráficos, sus colaboraciones se difundieron en las revistas “Locutorio” de Costa Rica, “Vatra Veche” de Rumania, “Luna Nueva” de Colombia, “La Soldadera” (Suplemento Cultural del periódico “El Sol de Zacatecas”) de México y “Beatrizos” de Argentina. Fue incluida en las antologías “Cómo decir” (selección de Patricia Bence Castilla, Editorial Ruinas Circulares, 2018) y “Puentes poéticos. Escritoras jóvenes de Argentina y España” (selección de Susana Szwarc, Ediciones de IMFC, 2018). Publicó los poemarios “Un modelo vivo” (Editorial Nueva Generación, 2012), “Todo el paisaje a la sombra” (Editorial Lamás Médula, 2015) y “Diez noches en el cuadrado” (Ediciones El Jardín de las Delicias, 2015).

  1 — Para nosotros, los de Buenos Aires, naciste en “San Martín”, como se ha popularizado la ciudad de tan extenso nombre, allí, en el conurbano bonaerense. Presentemos a la sanmartinense.

  RF — Presentemos. ¿Y cómo me presenté aquel 29 de julio?…: con dos vueltas de cordón umbilical alrededor del cuello. Me sacaron con fórceps luego de varias horas de trabajo de parto. Tardé en llorar, por lo que mi mamá pensó que estaba muerta. Con cierta frecuencia, incluso ahora, treinta y seis años después, suelo soñar que me ahogo y no puedo respirar, pero el sueño es negro y sin imágenes. Sólo sensaciones. Me despierto aterrada. Me intriga saber el alcance de lo onírico. Me pregunto si ese sueño repetitivo se origina en las circunstancias que te conté. ¿Cómo recuerda el cuerpo antes del lenguaje?
Fui creciendo. Y en una casa con pocos libros. Pero me crucé con un primer poemario a los seis años, donde vivía mi abuelo paterno, a quien nunca aprecié. Allí había libros, y varios de poesía, por lo que ahora, muy a destiempo, tengo por él, al menos, un motivo genuino de estima. Aún recuerdo de memoria el poema XXV de “Cien sonetos de amor” de Pablo Neruda. Lo leí en la biblioteca de mi escuela primaria, y es uno de los pocos de Neruda que todavía me agradan. Si bien desde entonces sostuve de forma irregular un hábito de lectura y escritura, no fue sino hasta el nacimiento de mi primer hijo que reconocí en la poesía una parte esencial de mi identidad.

2 — Quiénes te habrán orientado en tu búsqueda de conocimiento artístico.

RF — En mi adolescencia me influenciaron primero Daniel Bazán Lazarte: me acercó a las posibilidades casi infinitas de lo lúdico, de la expresión corporal y el cuerpo en escena. Con él aprendí a sentir y reconocer lo que experimentaba, a apropiarme de ese sentir sin juzgarlo, y a defenderlo. El segundo maestro, magnífico artista plástico, fue Oscar Romero. En su taller aprendí a detenerme y observar; a ser paciente y perseverante, cualidades de las que carecía.
Más adelante se sumó el poeta Alberto Boco: posibilitó mis primeras incursiones en la poesía, me acercó al oficio, me estimuló a concurrir a eventos literarios, amplió mi horizonte de lecturas. Dos conceptos suyos me marcaron: la seguridad en el fruto del trabajo poético y el compromiso con ese quehacer. Insistía: “La poesía es algo serio. Con ella no se jode”. Es de una selección de los poemas concebidos por entonces que surge “Un modelo vivo”, con prólogo de Boco y un texto en contratapa de Luis Benítez.

3 — Coordinabas ya “Letras & Música”.

RF — Ciclo de poesía, narración oral y música en vivo. Nacido de mi afán por propiciar el intercambio entre distintas generaciones de artistas. Fui incluyendo stand up político, ensayo sobre educación y tarot, aunque siempre con la poesía como eje central: Héctor Urruspuru, Marta Braier, Nicolás Antonioli, Griselda García, Juan Sasturain, Carolina Lesta, Luis Tedesco, Virginia Janza, José Emilio Tallarico, Ana Arzoumanian, Marcos Silber, Concepción Bertone, Alfredo Palacio, Susana Szwarc, Vicente Muleiro, Claudia Masin, Arturo Carrera, Laura Yasan, Guillermo Bianchi, Natalia Litvinova, Alfredo Luna, entre tantos otros.

  4 — Tu búsqueda de conocimiento artístico no ha cesado.

RF — Nunca. En mi adolescencia también me formé, hasta cierto punto, en comedia inocente, clown, bufón, teatro del absurdo, con Martín Salazar. Y concurrí a talleres de cine: valoro especialmente un taller de cine italiano que se dictaba en un  espacio privado en el casco histórico de la ciudad: de allí nació mi amor por Federico Fellini; fotografía: cursos en el Museo Fotográfico Simik, sobre la calle Fraga, en el barrio de Chacarita; filosofía e historia del arte, con Sergio Prudencstein. Comencé las carreras de Artes Combinadas (en la Universidad de Buenos Aires) y la Licenciatura en Letras (en la Universidad Nacional de San Martín), y las abandoné, en ambas ocasiones, motivada por la maternidad. Actualmente estudio canto y danza jazz contemporánea.

5 — Así que en 2015 aparecieron tus dos últimos poemarios.

  RF — Es así. “Todo el paisaje a la sombra” reúne una serie de poemas breves sin numerar, que también configuran un único y extenso poema. Remiten a sentimientos de fragmentariedad, ausencia, ahogo y abandono. “Pequeños universos poéticos” los denomina Concepción Bertone en su texto en contratapa.
El texto en contratapa de “Diez noches en el cuadrado” es de Susana Szwarc. En él hay dos voces bien diferenciadas que sostienen un diálogo durante diez noches en un contexto de encierro. Fue escrito en diez días (o noches) y corregido a lo largo de dos años, con una revisión final de Luis Bacigalupo, escritor que vos has entrevistado y de quien te consta, en su condición de editor de El Jardín de las Delicias, el esmero que junto con Laura Dubrovsky denotan en los mínimos detalles de su colección de poesía.

  6 — ¿Y “El cuadrado”?…

RF — Con ese título fue presentado, a sala llena, en la UNSAM, en noviembre de 2017, un espectáculo basado en mi tercer libro. Lo dirigió Roxana Bernaule —ella y yo somos las responsables de la adaptación— en el marco del teatro inclusivo, con una puesta en escena que invita al espectador a integrarse a un juego en el que se devela la disimulada naturaleza normativa de lo cotidiano. Así fue publicitado a través de Facebook: “Un tentempié para investigar cómo deglutir una pieza teatral: Planteado como un tablero de juegos, “El cuadrado” necesita de otros para poder existir. Una jugadora hará lo que el cuadrado demande. Dos fichas, “Él y Ella”, serán los que en un diálogo poético interpelen su dignidad y libertad resistiendo a cada noche. Una niña será la fragilidad del tiempo y la existencia dentro de este juego.” Te nombro a los actores: María Agostina Zóe Tamburro, Cristel Majoñka, Tobías Oliver Siccardi y Morena Pedernera. Y la música en vivo fue ejecutada por Gogui Tabárez y Juan Plus González Dasilva.
Advierto ahora, mientras te respondo, que mi obra se plasma atravesada (quizás) por esa primera experiencia de ahogo y encierro anterior al lenguaje, y por ende, a toda memoria consciente. Si recordamos sólo lo constituido a través del lenguaje, quisiera creer que el germen de mi poética yace más allá de toda palabra que haya aprendido, y me empuja, insistente e infructuosamente, a decir desde la imposibilidad, ese grito (otrora sofocado) que es mi cuerpo percibiéndose vivo.

  7 Asocio lo onírico y lo pesadillesco, Romina, con ese cuento del libro “Ficciones” de Jorge Luis Borges, que él describió como “una larga metáfora del insomnio”: “Funes, el memorioso”.

RF — ¿Será que mi apellido fuerza la asociación? Ireneo Funes sabía la hora exacta, y yo no uso reloj. Además espero vivir unos cuantos años más que el personaje del cuento. También dormir mucho, aun bajo el riesgo de “distraerme del mundo” y continuar con pesadillas hasta el fin de mis días.

  8 — ¿Te interesás por las técnicas narrativas? ¿Juegan un papel en tu labor creativa?

RF — Respecto de la poesía, escribo como pulsión, sin cuestionar ni corregir. Luego dejo descansar el texto un tiempo prudencial, y cuando ya ese tiempo acabó, vuelvo al texto y comienzo a quitar capas en busca de lo recluido, de lo que no se deja ver a simple vista. Y eso mismo trato de revelarlo en el poema pero no de forma explícita, sino sugiriendo, evadiendo, en una suerte de danza de rechazo y conquista con las palabras, algo completamente erótico. Es decir, no puedo pensar en técnicas narrativas o recursos poéticos, voy más que nada jugando con las sensaciones y el cuerpo.
Distinto es cuando procuro escribir cuentos, o, justamente ahora, que me empeño en no abandonar la novela que escribo desde hace unos meses. La narrativa me fuerza a acudir a viejos apuntes, o descifrar recursos de novelistas que me agradan considerablemente, como Irène Némirovsky, Juan Rulfo o Roberto Bolaño.

9 — ¿Qué etapas de tu vida más recordás? ¿Qué idealizás?

RF — Recuerdo perfectamente mi primera infancia, casi a lo Ireneo Funes podría decirte, jajá. Mis padres, amorosos, laburantes. Con mi hermano Damián, con quien nos llevamos catorce meses, nos criamos como mellizos, andando en bici por el barrio, jugando en la calle hasta la noche, hasta que se escuchaba a lo lejos “A comeeer” y volvíamos corriendo. Exhaustos y hambrientos. A mi hermana le llevo seis años, y la relación fue distinta, pero algo hicimos bien porque de adultas nos adoramos. Mi adolescencia fue divertida, con un primer amor pasional y maravilloso. En términos académicos fue pobre: me tocó en suerte una mediocre escuela secundaria privada del conurbano. Ningún libro interesante se me ofreció allí, pero sí leía muchísimo en casa, comprando mis propios ejemplares, ya que trabajo desde los quince años. Nombro a cinco que me acompañan desde entonces: Julio Cortázar, Franz Kafka, Borges, Fiódor Dostoievski, Juan Gelman.
Idealizo la vejez: me veo con mi compañero en un lugar tranquilo, una casita autosustentable y una huerta. Muchxs amigxs de visita, lxs hijxs y nietxs apareciendo según propio deseo. Aire, flores, sol.

10 — Me gustaría que te extendieras un poco respecto de dos de los talleres a los que concurriste: fotografía y cine.

RF — Trabajé un par de años, desde su inauguración, en el ya nombrado Museo Fotográfico Simik. Efectuaba traducciones al inglés de textos históricos y manuales de cámaras fotográficas antiguas. Alejandro Simik, su fundador, me permitía asistir a cualquiera de los cursos que allí se dictaban. Composición, iluminación, uso de la cámara e historia de la fotografía. Todo me maravillaba. Estar allí era un viaje en el tiempo.
Concurrí a cursos de historia del cine dictados en el Centro Cultural Rojas por Gisela Manusovich: desde los orígenes hasta el neorrealismo italiano, información que me sirvió entonces de complemento para las materias de cine que cursaba en la carrera de Artes Combinadas.

11 — Gaston Bachelard: “…la poesía pone al lenguaje en estado de emergencia.” Lucas Soares: “La potencia del poema estriba, más que en lo dicho, en la promesa de su decir.” Antonio Aliberti: “…hacer poesía es decir toda la verdad…” ¿En qué medida te advertís más próxima de estos enunciados?

RF — Me advierto próxima a Lucas Soares. El arte poético, desde mi perspectiva, estriba en esa búsqueda imposible de un decir, que es una pelea perdida de antemano, pero no por eso deja de ser promesa. “Decir toda la verdad”  posee una connotación religiosa, tanto confesional como incuestionable, cosa que encuentro antagónica al oficio poético.

12 — ¿“Arrancar una sonrisa”, “Arriesgar la vida”, “Valer la pena”, “Robar un beso” o “Crear expectativas”?

RF — Todas, excepto “robar un beso”. Yo no robo ni ruego.

13 — En 2001, Leónidas Lamborghini en entrevista pública efectuada por Daniel Freidemberg, declaró que a veces lee ciertos poemas de él respecto de los cuales amigos suyos le habían dicho “mirá esto y esto”; es decir, lo que les produjo más viva atención, aquello en lo que se detuvieron; y que trataba de leer esos poemas con los ojos del otro, a ver qué le gustó, qué les llegó, con qué más se quedaron. ¿Procedés así a veces, leés así?

RF — Tal vez, en lugar de leer con los ojos de los amigos, habría que leer con los de los enemigos, jajaja. Aunque entiendo a lo que te referís, y tiene razón el maestro Lamborghini. Procedo más o menos de esta manera: una vez que dejé descansar y corregí el poema, vuelvo a él lo más desnuda que pueda. Trato de ser lectora, como si lo hubiese escrito alguien que no conozco. Y si en ese momento no me produce ninguna emoción, si no roza ninguna parte de esa piel desnuda con la que leo, entonces lo descarto. No importa cuánto tiempo haya trabajado en el poema, no importa si lo mostré y lo halagaron, tampoco si al escribirlo partió de un lugar “íntimamente importante”.

14 — ¿Silvina Ocampo, María Elena Walsh, Nira Etchenique o Amelia Biagioni?
RF — Las cuatro. Pero de las cuatro: Amelia. Porque me obliga a leerla con “el ojo de un cazador que acecha”. Las cuatro. Pero de las cuatro: María Elena cantándome “Barco quieto” o “Serenata para la tierra de uno”. Las cuatro, pero Silvina con alguno de sus cuentos fantásticos. Las cuatro pero Nira y Amelia. Amelia y Nira. NIRA. NIRA. NIRA.

  15 — Mantuviste durante cierto lapso tu propio blog. ¿Sostenés, sostuviste vínculos con otros blogueros? ¿Qué blogs “seguís”?
RF — Desearía tener más tiempo para actualizar mi blog. Y lamentablemente no tengo vínculos con otros blogueros. De todas maneras sigo a algunos: el de Coto [María del Carmen] Colombo: “El blog del amasijo”. También el de Valeria Cervero: “De lo que no aparece en las encuestas”; “Poetas siglo veintiuno”; o de literatura infantil: “anatarambana”.

16 — “El capricho es lo que hay en el fondo de la naturaleza de un escritor, exploraciones, fijaciones, aislamiento, malignidad, fetichismo, austeridad, frivolidad, perplejidad, infantilismo, etcétera.”, manifiesta un personaje de la novela “Engaño” de Philip Roth. ¿Algo que acotar…?
RF — Sí, todo eso. Y las infinitas posibilidades eróticas que encierra ese “etcétera” no me van a dejar dormir esta noche.

17 — ¿Te has advertido una o más veces “actuando” o sobreactuando? ¿De a ratos no se sobreactúa cuando nos involucramos en determinadas situaciones? ¿Lamentás haber descubierto algún aspecto tuyo demasiado tarde?
RF — Actuación y sobreactuación no son más que estrategias de supervivencia, y he echado mano a todas. Sin embargo, mi maestro Alberto Boco decía: “Cuchillo entre los dientes… y que se vengan”. Estimo que esa frase me representa mejor. Afortunadamente, ese mismo arte de la supervivencia me permitió conocer gran parte de los aspectos de mi persona a tiempo. Igual… cuchillo cerca.

18 — ¿Cómo se fue manifestando tu interés sobre el tarot?
RF — Tengo un amigo poeta llamado Mauricio Martínez Sasso, quien interpreta las cartas del tarot. Accedí una vez a consultarle (sólo porque es poeta) y el resultado me maravilló. Por esos tiempos yo releía “Una temporada en el infierno” de Arthur Rimbaud, y la idea del poeta como vidente me tentó a incluir el tarot en el ciclo. Viene funcionando muy bien.

19 — ¿Coincidirías con el novelista Federico Jeanmaire en que “se aprende mucho más fácil de la literatura mala que de la buena” y que “lo malo es muy pedagógico”?
RF — Absolutamente. Es importante reconocer en la escritura de otros qué aspectos de la literatura uno no abordaría, o con qué formas no se identifica. La mala literatura es un arma de doble filo: por un lado, uno aprende de los errores ajenos, pero a la vez lleva a sobreestimar la propia obra. Por fortuna, no se tarda en encontrar de lo otro (esta semana, por ejemplo: Marguerite Duras. ¡Córtenme los dedos, así no escribo más!!!!).

  20 — ¿Qué es, Romina, “lo que está por venir”?…
RF — Podría contarte varios de mis proyectos: un nuevo poemario, un libro de tono humorístico en coautoría con una escritora que admiro enormemente, una novela y un canal de Youtube. Sin embargo, mi mayor motor siempre ha sido la incertidumbre. No saber. Aunque después salga corriendo en busca de tarot.

*
Romina Funes selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

PEQUEÑO AMOR

Tu dedo allí
no es tu dedo allí
no te creas

es el tajo del aire y su incisión inverosímil en la piedra
que se despierta
abre los párpados
y ve

descubre la cuestión intimista de su condición de piedra
el ojo trémulo de un gallo en el viso de su lomo
razón primera y última de su cacareo profético
la piedra queda piedra
brillante su lomo abierto

pero yo te miro y te digo que tu dedo allí
no es tu dedo allí
no te creas

es el trozo suelto de mi fruta
lima sigilosa que raspa
y enloquece

yo te miro y te digo
que así podés      podrías
que tu dedo allí no es tu dedo allí
sino la negación del mordisco
que de tanto recato       se priva del jugo.

(de “Un modelo vivo”)
*

TROFEO

Tanteo el género
La inclinación de los escalones
La humedad en un techo sin lámpara

Me paro justo en la mitad
Allí donde búsqueda y encuentro colisionan
Donde subir y bajar cancelan su existencia confusa

Y en la pelea de sangre
A matar o morir
Te llevo a casa como un trofeo.

(de “Un modelo vivo”)
*

RAÍZ

Una hoja de menta
silba el nombre que nos contiene

por encima de la mesa
dentro del cubo negro
la hoja    sorda todavía de piel    crece

somos la mitad de la visión      te digo
mientras palidecen y mueren
alrededor de la maceta
aquellos que no pudieron con nosotros

muerdo tus labios y muerdo la hoja:
debajo brilla      excesiva e inmune       la raíz.

(de “Todo el paisaje a la sombra”)

*

DESIERTO

Hay un desierto
cáscara del río que ya no es

regresan allí las estaciones
suceden días a los más viejos
y como cualquier otro hecho menor
la gente concibe

a veces
una vertiente arrastra un poco de algo fresco
pero es tan sólo un efecto
como imaginar que bebemos
o tus manos       otra vez

estremecen la quietud y los buenos modos

nada me diferencia de la ceniza.

(de “Todo el paisaje a la sombra”)

*
BRECHA

La parte visible
opaco ya el circuito
áspero
esa carne de sangre
viva      seca
esa carne sangre
brecha de mí

soy uno de esos animales
que despellejan vivos
para utilizar su piel

vos lucís el abrigo.

 (de “Todo el paisaje a la sombra”)

*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Romina Funes y Rolando Revagliatti, junio 2018.

LECTURA POÉTICA EN LA UNIA

Fui invitada hace unos días a recitar en el 120 aniversario del nacimiento de Lorca, un honor para alguien como yo, en un sitio tan especial como fue la sede de la UNIA en Baeza: La Universidad Internacional de Antonio Machado. Con poemas del Romancero Gitano y música de los maestros: Falla, Turina o Albéniz, resultó una velada maravillosa.

 

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Entrevista a Jorge Goyeneche por Rolando Revagliatti

 

Entrevista a Jorge Goyeneche

Jorge Goyeneche nació el 11 de octubre de 1952 en La Plata, ciudad donde reside, República Argentina. Es Profesor en Letras (1977) por la Universidad Nacional de La Plata. A partir del año siguiente ejerció durante cuatro décadas la docencia secundaria en colegios rurales, urbanos, públicos y privados, y en los niveles terciarios y universitarios en Instituto del Profesorado de San Miguel del Monte, Facultad de Humanidades de la UNLP, Universidad Tecnológica de La Plata y Universidad Católica de La Plata. Entre 1980 y 1983 dirigió el Grupo de Teatro Gestual, con guiones y puesta en escena propios en, por ejemplo, el Teatro Municipal Coliseo Podestá de su ciudad. En 1983 se puso en escena la comedia De dulce de leche y de chocolate (en cartel durante once años, Primer Premio de Guión en el Festival de Teatro Independiente, 1988), escrita en colaboración con Genoveva Arcaute. En 2003 fundó y codirigió la revista literaria Oliverio. Durante 2010 y 2011 efectuó crítica literaria en el periódico El Día, de La Plata. Condujo los programas radiales Toda la delantera en orsáiLa  uria del libro y Lejos del centro, fue coconductor del programa Letra y músicay columnista del programa Rap / colectivo de colectivos. Colaboró con los programas televisivos Juana y sus hermanas y De la cabeza, y con Genoveva Arcaute escribió el guión de la serie Hermanos. Entre otros, obtuvo en 2010 el Primer Premio del Instituto Cultural de Puerto Rico por su novela Que algo quedará, el Premio Provincial «Almafuerte» (2015) y el otorgado por la Secretaría de Cultura de La Plata (2016) por su trayectoria como escritor. Es  Es coautor de Agenda de los escritores en el tiempo (Editorial De los Cuatro Vientos). En 2018 el sello La Comuna edita el volumen La cosa se complica(artículos divulgados en la revista Humor). Publicó las novelas Toda la delantera en orsái (2001), Semblantes de bestias (2003, y reeditada en 2016), Serial writer. Argentino serial (2008), Que algo quedará (2011, en España; 2012, en Chile; 2014, en Argentina), Almirante de sal (Mención de Honor en el 9.º Concurso «Aurora Venturini», 2011) y Mala praxis (2015). Su único poemario, Final de obra, aparece por Editorial Huesos de Jibia, en 2016.

 

Libro Goyeneche Semblantes de bestias

1 — Naciste dos meses y pico después del fallecimiento de Eva Perón.

JG — Es así, tan poco después. En ese clima de época. Viví hasta pasados los tres años en una casa de chapa, sobre pilotes, en Ensenada, ciudad que como sabés integra el Gran La Plata, a la vera de un canal empetrolado que pasa aún por el costado de YPF [Yacimientos Petrolíferos Fiscales]. Recuerdo algunas escenas traumáticas para alguien de esa edad: quemarse con un mate y caerse del triciclo en la zanja. Los fines de semana los pasé desde entonces  hasta la adolescencia en el paraíso, la casa de mis abuelos maternos en Berisso, que por aquellos años se llamaba ciudad Eva Perón. Veo a mi abuelo Francesco Saverio Spadafora insultando al cielo por el paso de aviones rasantes (fue durante el 55, cuando Isaac Rojas amenazó con bombardear la región si Perón no dimitía), mientras mis padres huían conmigo en un camión que pasaba juntando gente hacia una casa en el campo por Los Talas, de alguna familia generosa que asiló a muchos —eran paisanos, como llamaban a sus compatriotas venidos también del sur de Italia—. Mis padres decían que yo no podía recordar esta escena: me llevan a upa tapado con un viejo piloto mientras llueve torrencialmente, doblamos —lo estoy viendo ahora— la esquina de Callao hacia la calle Montevideo, donde espera el camión casi repleto, en medio de gente que grita y corre, aturdidos por el estrépito de los aviones.

Luego nos mudamos a las inmediaciones de La Plata, a El Dique, en el partido de Ensenada, a un chalecito de plan, en un barrio de clase media baja. Tenía mi propia habitación, de dos por tres, con una ventana que daba al fondo, donde estaban el limonero de las cuatro estaciones, la parra, naranjos, un olivo y un duraznero; y más allá todavía, el gallinero y dos plantas de higo (porque todas sus ramas son grises…). Unos años después, a los siete u ocho, empecé a saltar la medianera hacia el potrero que se extendía maravillosamente detrás de toda la línea de casas, y terminaba en el monte misterioso (una plantación de eucaliptos que aún se conserva aunque atravesada por una avenida y sin encantos fantásticos). Afortunadamente se perdieron mis primeros esbozos de poesías escritos en un cuaderno Rivadavia, con la espada apoyada contra el olivo.

— Ya habrías empezado la escuela.

JG — Lamentablemente empecé la escuela. Mis padres, trabajadores de jornada completa (él en los Astilleros, ella cosiendo para afuera y dando clases de costura a un grupo de chicas grandes, una de las cuales se escapaba para jugar a la bolita conmigo), creían en la educación y con un enorme (y equivocado) esfuerzo económico, me mandaron al colegio más caro de la ciudad. Una escuela de curas preconciliares, de sotana y tonsura, que veían pecado en cada rincón. Doble escolaridad. En toda esa etapa fui sumiso, estudioso, abanderado todos los años menos el último en el que me relegaron a escolta. Mi madre fue a saludar a la maestra y la señorita le dijo que la bandera me correspondía a mí, pero que el padre del otro niño era muy poderoso y… Mi pobre vieja, Ofelia, decidió cambiarme de colegio pese a la oferta de becarme. Me afectó mucho el sufrimiento de mis padres, después de tantos sacrificios, pero estaba feliz por irme de esa cárcel. (Muchos años después ejercí mi venganza con un artículo sobre el caso en la revista Sexhumor). No me dejaron elegir y fui a otro colegio de curas, esta vez mucho más modernos y amables, los salesianos, donde transcurrió mi adolescencia. Allí sí hice amigos duraderos, entre compañeros y docentes.

Regreso a la época de la primaria. Era maravilloso volver a casa, después de las cuatro, en el tranvía, tomar la leche, hacer los deberes y saltar el muro del fondo para mezclarme en los partidos de fútbol, donde no había hijos de profesionales, de comerciantes ricos ni de algún representante diplomático, sino pobretones cuyos padres eran un zapatero ruso, empleados del ferrocarril, policías de barrio, canillitas.

Cuando llovía, el único fútbol de cuero estaba pinchado o no me daban permiso, me salvaba la lectura. Mis padres me compraban libros. Buena parte de las colecciones Billiken y Robin Hood. Dicen que uno queda marcado por el primer libro que leyó. No sé si será cierto en todos los casos, pero sí lo es en el mío. Cristóbal Colón, de Lauro Palma (Biblioteca Billiken, 1942), un librito verde donde se novelaba la historia del Almirante. Escribí dos novelas con Colón como personaje: Semblantes de bestias, que me llevó diez años de trabajo intermitente, y Almirante de sal.

3 — Lecturas y potrero.

JG — Si el potrero era un escape de las tardes, el fin de semana era el insuperable paraíso. Los viernes, mamá me acompañaba hasta la parada del tranvía 25 y después de ese viaje interplanetario me bajaba a unas cuadras de la casa de mis abuelos. El nono había trabajado en el frigorífico, una vida durísima que recreo en parte en mi novela Que algo quedará, pero ya estaba jubilado, así que a menudo me llevaba hasta el puerto a ver los gigantescos barcos que venían desde muy lejos a buscar carne, recuerdo especialmente un barco ruso. La nona Josefa era un cascabel, se vestía de colores y estaba siempre sonriente, nunca levantó la voz. El abuelo en cambio era cabrón, aprendí todas las malas palabras (parolaccie) calabresas.

Goyeneche novela que algo quedara

El barrio era amistoso, no había potrero cercano, pero sí pasadizos entre las casas de terrenos mal medidos, patios de conventillos y baldíos, lo que permitía recorrer las manzanas por el interior y salir a cualquier parte. A pocas cuadras vivían mis tíos; recién tuve un hermano cuando cumplí catorce, así que mi primo varón era amigo y hermano a la vez. La abuela murió joven; yo estaba en primer año de la secundaria, y dejé de ir a esa casa pero empecé a pasar los veranos completos en lo de mi tío, con mi primo y sus hermanas que me enseñaron a bailar. Allí pasaba los carnavales, empecé a ir a las matinés del club Villa San Carlos, y ponerme colorado ante las chicas. La falta de hermanas y el colegio mixto, no me ayudaron mucho para relacionarme fácilmente con el otro género. Me resultó difícil superar la vergüenza ante cualquier conversación con una chica. La libertad estaba en recorrer esos minilaberintos del barrio y en la lectura de cuanto papel se me cruzara. Por ese entonces seguí escribiendo algunas pavadas pero luego pensaba que jamás llegaría a animarme a mostrar o publicar lo que hiciera porque temía que estuviera lleno de errores. Al principio la escritura y las mujeres me despertaron la misma inseguridad.

A mis parientes paternos no los veía tan seguido. Tenía a mi abuela portuguesa, María, una mujer bellísima, vestida siempre de negro y con rodete desde los cuarenta años hasta los ochenta y cinco. Su esposo, el abuelo Antonio, murió a los cuarenta y nueve. Él me conoció de bebé. Heredé, no sé cómo, su gusto por la matemática y la facilidad para los cálculos. (Otra de mis luchas internas: me dediqué a la literatura y las lenguas, y tengo por otro lado una especial inclinación por las ciencias en general, la astronomía, la tecnología, la física. Me atraen más los suplementos y revistas científicas que las literarias). La abuela vivía con su hija, mi tía Porota (personaje importante de mi vida y de mi novela Que algo quedará). Una gorda graciosísima, chistosa, dejaba todo por hacer en la casa para tirarse al piso a jugar con sus hijos y conmigo a cualquier cosa. Ante la mirada de reprobación de su cuñada, mi madre, que no podía concebir ese desperdicio de tiempo y que una señora saliera a correr a los chicos por la vereda jugando a la mancha venenosa.

Mis tíos, en general, merecen un párrafo aparte. Juan, Carlitos y Raúl, Nilda, Lidia y Porota, eran el Barcelona de los tíos, la selección campeona. Mis padres, en cambio, siempre estuvieron distantes, severos, casi ausentes. Recién en sus últimos años logré reconciliarme con ellos y descubrí que habían sufrido muchas penurias y realizado innumerables esfuerzos para que yo tuviera un «futuro». Esa concepción de algunos hijos de inmigrantes que temían al hambre y se ponían como objetivos tener una casa, tener un ahorro aunque mínimo. Mi padre, que sobrevivió por seis meses a mamá, me dijo meses antes de morir, el año pasado, a los 92, que se arrepentía de no haber disfrutado más, y me aconsejó que no repitiera su error, que viajara, que viviera.

A lo largo de toda esa etapa escolar, estudié inglés con una profesora particular, fui rindiendo los exámenes anuales en el Instituto Británico. A partir de segundo año ingresé directamente a ese instituto y empecé a leer mucho en inglés por mi cuenta. Aparte de cuentos y poesías de todas las épocas, las obras completas de Edgar Allan Poe y todo Shakespeare. También aproveché mucho del francés aprendido en la secundaria y gracias a eso y a mi testarudez leí mucha poesía y narrativa en francés. Ya en la universidad, los cuatro niveles de griego y de latín me sirvieron para leer pasajes de los trágicos, episodios homéricos, los presocráticos; Virgilio, especialmente las Églogas, y Horacio. También estudié alemán. Como resultado de todo esto disfruté traducir las poesías completas de Poe, los Sonetos a Orfeo de Rainer Maria Rilke, La metamorfosis y El proceso de Franz Kafka, El golem de Gustav Meyrink y cuentos de E.T.A. Hoffmann; la mayor parte de estas versiones fueron publicadas por la Editorial Gárgola. Desde hace dos años estudio italiano de manera intensiva, mi gusto por las lenguas se combina felizmente con los recuerdos de mis abuelos maternos, y afloran desde el fondo del inconsciente los diálogos de Josefa y Francesco.

4 — Cómo te llevarás —ojalá que no como yo— con los trabajos manuales.

JG — No soy el estereotipo del intelectual, me gustan los trabajos manuales: he levantado paredes, revocado, techado, sé soldar, he trabajado de carpintero, de pintor de altura, en mi casa hice la instalación eléctrica y la del agua, puse cerámicos y azulejos. Bastante de eso me llevó a la escritura de Final de obra, un libro de casi poesía que «describe» la construcción de una casa. Los desafíos técnicos y los oficios manuales me atraen tanto como las obras de Francisco de Quevedo, Salvador Dalí, Miguel Ángel, Jean-Michel Basquiat, Jean Sibelius o la nueva trova. Soy una especie de todoterreno que hace todo bastante bien, pero nada completamente bien. Un renacentista de la b.

Jorge Goyeneche y Genoveva Arcaute

— Vayamos a que estás casado con una escritora: Genoveva Arcaute.

JG — En primer año de la carrera de Letras conocí a mi esposa, con quien estudiamos juntos todos los días, al año siguiente nos pusimos de novios en Mar del Plata. Genoveva me había dicho que se iba como todos los años a pasar enero en la casa de sus tíos, cerca del faro, me hizo un planito por si quería ir. O sea, ¿entendés que hay onda, Jorgito? (recordá que ya te mencioné mi lentitud para vincularme con las mujeres). Fui. Era 1972, nos casamos en el 75 y acá estamos, juntos. Pasamos períodos muy duros de nuestro país. La dictadura del 76 nos dejó sin trabajo, bajo amenazas de muerte, y viviendo «provisoriamente» por once años, en una casa prestada (parte de eso se describe en la novela Mandorla, de Genoveva). Tuvimos la oportunidad de irnos a España pero quisimos primero recibirnos, después vinieron los hijos y ya se hacía muy difícil. Afortunadamente hubo un oasis en ese páramo ultraviolento, la revista Humor, a la que llegamos un día de desolación. Vivíamos en un departamentucho horrible y húmedo los tres (había nacido nuestro primer hijo). Era feriado, el día de la bandera, cumpleaños de mi mamá y aniversario de la Masacre de Ezeiza, llovía; se nos acabó la garrafa, no teníamos ni para comer y en lo de mis padres seguramente habría abundancia de pizzas, empanadas y sanguchitos. Teníamos un viejo Citroën 2cv que cuando nos casamos nos había llevado sin problemas hasta Monte Hermoso, pero ahora estaba arruinado allá afuera, a cincuenta metros de pasillo hasta la calle, sin nafta. Podía llamar por teléfono a casa y nos vendrían a buscar. Fui hasta el teléfono público más cercano, a tres o cuatro cuadras, bajo la lluvia intensa, y me tragó la única moneda. Un drama ruso en blanco y negro en medio de Siberia. Entonces, nos pusimos a escribir notas humorísticas. Era el invierno del 77. Un año después apareció el primer número de la revista Humor, con César Luis Menotti en la tapa. Enviamos aquel material y un par de meses más tarde nos respondieron. Así empezamos a publicar para Editorial La Urraca (revistas HumiSuperhumorSexhumor) y seguimos durante una década. Este año, la editorial La Comuna, editó aquellas notas, se cumplen cuarenta años de la aparición de la revista y treinta de nuestro último artículo.

6 — Un párrafo al menos sobre la radio, tu atracción por ella, tu condición de conductor de programas.

JG — Fui invitado como profesor universitario o como escritor a distintos programas radiales, y me gustó mucho el medio, desde hace más de quince años conduzco distintos ciclos siempre vinculados a la literatura, el humor, los reportajes a artistas. Quizás, ahí por el fondo, también acompañan esa atracción, el recuerdo de mis abuelos y luego de mi madre mientras hacía las tareas domésticas, todo el día junto a la radio, emisora de radioteatros, partidos de fútbol gritados y vertiginosos, música de otra manera inaccesible para esa época. Además, para mí, cada experiencia vital se convierte en literatura, estoy en estado de escritura casi permanente. Por eso, mi paso por las radios siempre se ha transformado en episodios novelescos, tal el caso de los largos pasajes con el fútbol que aparecen en Serial writer…, donde hay una casta gobernante grotesca compuesta por los metafísicos fulbólicos o pensadores balónicos; la mayor parte de ese material surgió de mis parodias en el programa Toda la delantera en orsái, que consistía en hablar de libros como si se trasmitiera un partido, con cantitos de hinchadas, análisis sesudos de pavadas, estadísticas llevadas al absurdo. A su vez, ese programa surgió como desarrollo de mi primera novela, así llamada. También sirvieron de fuentes los otros programas para algunas partes de mis relatos.

Goyeneche Toda la delantera en orsai

7 — Grupo de Teatro Gestual. Y allí vos con dramaturgia y puesta en escena.

JG — Surgió de una imposibilidad. Creamos un grupo de investigación teatral con actores poco y nada experimentados. La mayor dificultad era para ellos hablar, modular, no sobreactuar la voz. Decidí entonces incursionar en obras (escritas por mí para ese fin), que fueran mudas. Pero no era propiamente mímica, sino desplazamiento silencioso. Una parodia a la burocracia, por ejemplo, consistía en que los sucesivos actores (empleados, jefes, grandes capos y público) iban formando una especie de pirámide por la acumulación de recorridos inútiles a los que se sometía a un pobre hombre que necesitaba un sellado. Finalmente, la construcción humana se derrumbaba ante la rebelión del ciudadano. También usamos la cámara oscura, como el Teatro Negro de Praga. Había mucho trabajo previo de puesta en escena y de construcción de objetos: una cara que se iba armando requirió que diseñáramos las partes, las pintáramos con productos especiales para esa luz. Y todo se movía, articulaba y desencajaba, por actores/titiriteros que vestidos absolutamente de negro para no ser vistos, se desplazaban con gran precisión. Reunía las dos facetas que me forman, lo creativo artístico y el trabajo de oficios combinados. Hice versiones mudas de poemas: El albatros de Charles Baudelaire, por ejemplo, se convirtió en una escena en la que un grupo de seres ciegos y encorvados iba asediando con sonidos guturales y finalmente golpeando al único hombre erguido. Otras se basaban en los cuentos El tío Facundo de Isidoro Blaisten, La gallina degollada y Los destiladores de naranjasde Horacio Quiroga, Casa tomada de Julio Cortázar. La gran boca del escenario del Coliseo Podestá me permitió trabajar con decenas de actores a la vez, que conformaban diversos grupos de acciones simultáneas: una crítica a la guerra y la opresión a partir de una versión de las novelas 1984 de George Orwell, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y Un mundo feliz de Aldous Huxley, reunidas como visión del mundo.

8 — Veinte años tenías cuando obtuviste el Primer Premio en el Concurso Internacional «La influencia hispánica en el Martín Fierro».

JG — Fue una especie de tesis que escribimos con Genoveva para ese concurso. Rastreamos las lecturas de José Hernández, los dichos y refranes de larga tradición española que llegaron hasta los gauchos desde la época de la conquista, de boca en boca; como también características de los personajes. Todo esto mientras cursábamos las materias de la Facultad. Salíamos a tomar un café, para despejarnos un poco de lo mucho que leíamos, y nos poníamos a anotar ideas para ese trabajo en papelitos que luego se volcarían en la Olivetti. Lo hicimos como un desafío intelectual. No esperábamos casi nada pero un día nos llamaron por teléfono para avisarnos que habíamos ganado el premio, que consistió en la publicación en el Cuaderno n.° 4 del Instituto de Cultura Hispánica y una suma importante de dinero que sirvió para que compráramos muchos libros caros y pagáramos ambos cursos intensivos de alemán (dos horas por día de lunes a viernes). Fue una época maravillosa. Después empezaron los miedos y la violencia; los años del encierro.

9 — Toda la delantera en orsái: retornemos a tu primera novela, y así, a tu primer programa radial.

JG — En realidad, se trató de una nouvelle, en la que el protagonista treintañero habitante de mi ciudad, tiene extrañas visiones que retomé en la larga novela recién terminada, Mapa físico. Cuando empecé en Radio Futura, adopté ese título porque quería moverme en un territorio en el que los de avanzada, por así decir, estaban siempre descolocados. Luego, ganó el formato del que te hablé antes, y giró todo bajo el aspecto de un partido de fútbol. En uno de ellos, juegan mis escritores favoritos, con sus modalidades políticas y literarias transformadas para la cancha. Fue muy placentero ese ciclo; para mejor, mi hijo mayor me ayudó con la operación técnica.

10 — Durante dos años estudiaste producción audiovisual con un destacado director de cine: Eduardo Mignogna (1940-2006).

JG — Sí, realicé cursos de posgrado con Eduardo, luego en Guionarte, y casi a la vez con Fernando Solanas, entre 1991 y 1993. Fue muy sacrificado —aunque obviamente enriquecedor— porque tenía que viajar una o dos veces por semana a tu ciudad, después de dar clases, y volver tarde para acostarme a la una, una y media, y levantarme a las siete para seguir dando clases. Aprendí mucho de ellos dos, no sólo de los aspectos técnicos concretos sino de la modalidad de trabajo y la cultura visual. El otro curso, el de Guionarte, fue exclusivamente de manejo de cámaras y luces. Por ese entonces, me compré una filmadora de última generación para hacer documentales ligados a la literatura (ahora es una antigüedad con cassette vhs).

Goyeneche Serial Writer

11 — ¿Cómo fue, qué te produjo, «qué te dejó» la experiencia de haber efectuado numerosos reportajes en tu programa radial Lejos del centro?

JG — Nada más democrático que la lectura. En una novela, en un libro de poemas, hay siempre otra óptica distinta de la propia. El artista filtra la realidad por su colador y luego la vuelca con una mirada personal. De todos, grandes o pequeños, geniales o mediocres, se aprende, se tiene otro ángulo, sea contemporáneo o antiquísimo, vecino o antípoda. Y tanto las lecturas como los reportajes de mis programas me pusieron en contacto con seres vivos, con sus pasiones, con maneras a veces inesperadas de resolver los eternos problemas del ser humano: la muerte, el amor, la relación con los demás, el vínculo con la tierra, los deseos, la niñez… Escritores octogenarios inmersos en una producción febril digna de jóvenes, tal el caso de Aurora Venturini o de Horacio Preler; por otro lado, artistas veinteañeros en los que deposito una fe enorme, como Juan Otero. Y no solo escritores, también músicos, escultores, pintores, actores. Además, la presencia maravillosa del azar (que para algunos científicos condiciona el desarrollo del universo y la evolución). Esos vínculos que surgen donde y cuando nadie lo podría prever. Una mañana llevé a hacer un cambio de aceite al auto, el mecánico septuagenario estaba metido en la fosa, aburrido me puse a caminar en torno; sobre la mesa donde cobraba, además del teléfono y una calculadora, había tres o cuatro libros, algunos abiertos, con un lápiz que evidentemente usaba para subrayar: Jacques Lacan, Cortázar, creo que Patrick Modiano o Emmanuel Carrère. Cuando terminó la tarea, nos pusimos a charlar. Hasta ese momento había sido muy parco, pero cuando vio que yo llevaba un par de libros en uso sobre el asiento del acompañante derivó hacia la escritura. Me contó algo de su vida, me dijo que había escrito una novela. Finalmente, leí buena parte de ella en el programa de radio. Luego, perdí contacto con él. El local cerró. Se llama Cayetano Carrara. Una pregunta obvia: ¿cuántos buenos artistas habrá por ahí que no acceden al mainstream, a ese horrible fluir marketinero solamente interesado en la venta? Por eso trato siempre de circular lejos del centro (de allí el nombre de mi último ciclo). Además, en el universo no existe centro, todo está en movimiento constante, la tierra, el sistema solar, nuestra galaxia. Y nada es recto ni cuadriculado. La lógica convencional no resiste ante la visión de estrellas que están ahí y han muerto hace millones de años. Si hoy explotaran las que forman la Cruz del Sur o El cinturón de Orión nos enteraríamos dentro de cientos o miles de años. En cambio, el barrio tiene otra inmediatez, también se mueve y muere pero lo podemos percibir, son cambios en nuestra medida temporal humana. Por eso, creo, no existe ningún centro. Y esto tiene una clara connotación religiosa. Tampoco la verdad es absoluta, salvo para los fanáticos. Las palabras «mentira» y «mente» están vinculadas etimológicamente. Lo que produce la mente es mentira, no es fáctico ni natural ni tangible sino relato, construcción que supera la caducidad de las cosas concretas. Por eso cada reportaje, cada charla que he tenido con un artista ha ido conformando, aunque en manera modesta, un discurso, una elaboración de palabras que superan en el tiempo lo perecedero de su soporte físico (es decir, del mismísimo hombre que las pronunció).

12 — Tu padre te aconsejó que, a diferencia de él, por ejemplo, viajaras. Y habrás (habrías ya cuando te lo dijo) viajado.

JG — Viajamos varias veces a Europa, también por el país y por Uruguay. No solemos hacer recorridos vertiginosos de un día por lugar, nos quedamos más tiempo, diez días o quince en cada ciudad. En vez de cambiar el auto, comprar un terreno o tener ropa cara, ahorramos para los pasajes y luego sobrevivimos en hostales, pequeñísimos departamentos de catorce m2 o habitaciones en casas de familias. Vamos al mercado, hablamos con la gente, cocinamos, caminamos como maratonistas. En Roma hicimos un promedio de doce kilómetros diarios. En Venecia estuvimos en un camping. Nos la rebuscamos para ir a los museos los días gratuitos o con ofertas. Alquilar auto también significa un ahorro y un contacto real con la vida de los pequeños pueblos; recorrimos Italia de norte a sur dos veces; Francia, de París a Toulón en un viaje, todo el sur en otro, y cruzamos desde Barcelona hasta Narbonne y de ahí hasta Burdeos, luego a  Bilbao. También estuvimos en Londres. En Sicilia. Uruguay es sorprendente, desde Colonia hasta Montevideo y de allí, de regreso, por pueblitos del interior hasta Colón, en nuestra provincia de Entre Ríos. Y en todos lados, las librerías que no son grandes cadenas. Dialogar con otros artistas es revivificante. En Ostia estuvimos parando en la casa del escultor Francesco Zero; en Florencia descubrimos en la calle a un gran músico, Francesco Garito. Hay bares o pequeños restaurantes donde hacen encuentros de escritores, especialmente en París. Estoy esperando poder volver a Londres para encontrarme con un grupo de artistas argentinos que viven allá desde hace más de cuarenta años, como Mario Flecha, por ejemplo. Pero en síntesis, no es necesario ir demasiado lejos, también disfruto enormemente pasar unos días en Necochea, Mar del Plata o Tandil, donde hay mucha actividad cultural. O aún más cerca, en el gran Buenos Aires. Hemos descubierto pueblitos hermosos, algunos tristemente abandonados al costado de vías muertas, paisajes sorprendentes en largos recorridos por viejas rutas de tierra o conchilla que unen caseríos rurales en los alrededores del partido de La Plata, desde Chascomús hasta el Parque Pereyra Iraola, desde la costa del Río de la Plata hasta Brandsen y Ranchos, sin necesidad de meterse en las grandes rutas. Almacenes, casi pulperías, donde se venden productos locales y marcas que han desaparecido en los grandes centros urbanos. Aquí también veo otra lectura de la realidad. Otros ritmos.

13 — ¿Cuáles son, dirías vos, tus condiciones ideales para escribir una novela? Y, además: ¿escribiste cuentos, relatos, microficciones?

JG — Desde los diecinueve años, cuando escribí mi primera novela, es el formato en el que me muevo con más comodidad. Si bien escribo poesía (muy de vez en cuando), la novela es mi puesto en la cancha. Creo que es mi modo de comprender. También es lo que más me gusta leer. David Foster Wallace, Roberto Bolaño, Modiano, Miguel de Cervantes, La divina comedia, son mis favoritos. Sí, escribí unos pocos cuentos, que me parecieron horribles y alimentaron la salamandra. Cuando tengo una idea, todo lo que anduvo suelto en papeles casi perdidos, notas, recortes, investigaciones, se vuelca  en ese molde deforme. La novela es un gran animal en movimiento, omnívoro y que requiere toda clase de momentos, intensos algunos, reposados, divertidos, trágicos los demás. El mundo que nos rodea está repleto de novela. Podemos mirar y escuchar hacia cualquier lado y nos toparemos con una pequeña tragedia, un personaje sorprendente, diálogos increíbles, que luego habrá que procesar y ensamblar.

14 — Uno de tus hijos también es escritor, ¿no?

JG — Sí, mis cuatro hijos son muy creativos, cada uno a su manera. Martín tiene una novela publicada, varios libritos artesanales de cuentos y poesías, creó un programa de radio que es muy difundido por redes alternativas. Luis escribe muy bien, tuvo buen pulso para el dibujo y es un gran imaginativo en su oficio de productor de juguetes. José es músico, compositor, letrista, y tiene una banda muy conocida, «Valentín y los Volcanes». Tomás es el que puede arreglar cualquier cosa casi de la nada; llega el enanito con sus herramientas…, como canta Silvio Rodríguez. Todos han heredado, creo, nuestra valoración de lo artístico. Entre sus recuerdos, además de los previsibles, siempre hablan de aquella vez que vimos la muestra de Dalí cuando eran muy chicos o cómo se turnaban para acompañarnos a la redacción de Humor. Deambularon como público y críticos de las obras teatrales que escribimos (a pedido de los actores y directores, que llegaron a corregir algún matiz si ellos se aburrían en alguna parte). Recuerdo que hicieron una versión de La Odisea, el episodio de las sirenas, cuando tenían de ocho a cuatro años. Se peleaban  por ser Ulises.

15 — Has dedicado cuarenta años de tu vida a la docencia. ¿Qué aprendizaje te aportó la experiencia de enseñar?

JG — Como ya he dicho, de todo saco material para la escritura. Y la docencia es un territorio inmenso de diversidades. Di clases en la cárcel durante dos años y me sorprendí de mis prejuicios: esperaba malandras de televisión y encontré a pibes que eran muy parecidos a mis hijos pero con menos suerte. Ningún asesino, violador o estafador de alta gama, «simples» ladronzuelos de gallinas que no lograrían salir del circuito (más del 80% son reincidentes), y que luego, en los últimos tiempos, se fue agravando por el consumo del paco que los fue convirtiendo en fieras descontroladas, y en la mayoría de los casos llenos de odio a cualquier uniformado. La cárcel es una demostración de la decadencia humana, a ambos lados de las rejas.

También estuve en la Disneylandia de colegios carísimos, con alumnos a los que acompañé en la preparación de exámenes internacionales con éxito. A la vez en colegios rurales, en escuelas suburbanas donde se desmayaban de hambre en medio de la clase o había que procurar que no tocaran la pared electrificada. Aprendí que el primer paso en la educación de un adolescente es el vínculo afectivo, porque ante el temor el alumno se retrae y solo empieza a funcionar el viejo cerebro reptílico, el sistema límbico, que impide toda comprensión y busca fugarse de la situación de peligro. Y para todos, un solo programa de estudios, que dio notables resultados: la lectura. Leerles en voz alta (de allí también mi gusto por la radio), y luego hacerlos leer. Leer y leer. En cualquier ámbito usé un plan metódico de lecturas que consistía en que cada uno tuviera un libro (comprado, de la biblioteca, fotocopiado, pdf o provisto por mí), lo leyera en dos semanas y lo fuera pasando con un sistema de rotación. Todo lo demás, es secundario. Allí están la comprensión, la sintaxis, el vocabulario, la ortografía, en fin, la cultura democrática. Logré hacer aplicar este mecanismo en varias secundarias y después de cuatro o cinco años de lecturas, nadie tenía problemas de comprensión ni de ingreso a la universidad o de salir bien parado en una entrevista laboral. Pero claro, hay algo previo a todo esto, y es que ese chico haya estado, y siga, bien alimentado. Si no es así, el esfuerzo es remar en la catarata. La docencia me puso en medio de la problemática humana, en carne viva, en la trinchera día tras día. Tanto en la secundaria como en las distintas universidades por donde anduve trabajando. El hombre ahí, cara a cara, con sus virtudes, sus necesidades, sus impulsos. Todo eso pasa mágica y directamente a mi literatura.

16 — …traducir a un autor consiste en reescribir su obra, leo en la novela El marido americano de Paula Winkler (Ediciones Simurg, 2012). ¿Dirías que es tanto así?

JG — En buena medida. Un buen traductor tiene que ser también escritor. Perdón, traductores, pero no es lo mismo el código de tránsito que los cuentos de Poe. Los franceses deben estar muy agradecidos a Baudelaire, por ejemplo. Jorge Luis Borges tradujo a Kafka y modificó La metamorfosis a su estilo, ya desde el título. En alemán, Die Verwandlung, quiere decir, «La transformación», palabra menos prestigiosa, digamos. Y corrigió bastante del estilo repetitivo de Kafka. No creo que el traductor sea un traidor. La obra, en otro idioma, por otra pluma, es otra obra. Ni mejor ni peor. Otra. Por eso es tan importante asomarse aunque más no sea a esa lengua. En el caso de las novelas es casi imposible, pero para las poesías hay que fomentar la edición bilingüe. Uno pispea con un ojo acá y el otro allá, y de ese modo se mete en el original. Por ejemplo, Shakespeare traducido a nuestro idioma es siempre versionado, porque en la mayoría de los casos se actualizan los arcaísmos, como thou artTo be or not to be, es solamente ser o no ser, pierde la polisemia de estar o no estar. Un ejemplo más cotidiano: ver las películas subtituladas o dobladas, no es lo mismo. Aunque sea un idioma muy extraño para nosotros, prefiero oír de fondo el mandarín y leer debajo el español.

Jorge Goyeneche Mala praxis

17 — ¿Morir en el intento, dispensar confianzaponer lo que hay que poner mirar de soslayo?

JG — Morir en el intento, indudablemente. Una afirmación que detesto, visceralmente, reza: es lo que hay. Me parece la más penosa negación de toda lucha. No puedo desprenderme, al menos en eso, de mi condición de setentista. No proclamo que sea una virtud y reconozco que en algunos casos debería mirar para el costado, pero no puedo.

18 — Con tu primer poemario publicado a los sesenta y tres años y una última novela recién concluida, ¿en qué proyectos de escritura estás trabajando?

JG — Estoy tomando notas. Trabajo en varios canales a la vez. Dedico mucho tiempo al estudio intensivo de italiano y a la lectura de autores contemporáneos como Alessandro Baricco, Erri De Luca, pero ese circuito en lugar de abrumarme es también proveedor de ideas. Me gusta investigar para escribir. Ahora estoy en proceso de armar algo que esté ligado a las últimas teorías sobre el cerebro, la memoria, la física cuántica en sus connotaciones filosóficas (¿cómo algo puede ser dos cosas a la vez? ¿cuánto modifica la mirada a lo mirado?) y a la idea de que no hay un centro, que todo está en movimiento y desplazamiento. Ahora, mientras te respondo acá, sentado, con un mate y tan quietito, la tierra rota a unos mil doscientos km por hora, gira alrededor del sol a cien mil km por hora, todo el sistema en torno a la galaxia a más de doscientos mil. Y tanto la Vía Láctea como el universo también se desplazan y expanden. De esas nociones, surge una especie de monotema que me acompaña todo el día, me condiciona mi vida cotidiana, mi visión de la realidad. Inundado por la sorpresa de nuestra pequeñez y caducidad frente a lo inconmensurable del espacio y el tiempo. Para decirlo con palabras de Leopoldo Marechal, ahora estoy en el proceso ad intra. Expectante.

19 — ¿Cuál o cuáles de las siguientes citas más hondamente compartís?: Francis Ponge (1899-1998): En cada instante del trabajo de expresión, a medida que avanza la escritura, el lenguaje reacciona, propone sus propias soluciones, incita, suscita ideas, contribuye a la formación del poema. Raúl Gustavo Aguirre (1927-1983): Aquello de que huyes es el poema. Aquello que te detiene y te espanta, es el poema. Él quiere pasar por aquí, eso es todo. Jean Cocteau (1889-1963): La Poesía es imprescindible, / aunque no sé para qué. Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832): El hombre sordo a la voz de la poesía es un bárbaro.

JG — Coincido, en general, con todas las citas que me proponés. Sí, el lenguaje tiene vida, aunque intentemos huir nos atrapará; de todos modos, tenemos que entregarnos, caso contrario no alcanzamos la verdadera condición de seres humanos. La muy citada carta de Kafka a Oscar Pollak es una de mis banderas: Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hagan felices podríamos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados en los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro puede ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo. Es muy similar lo que dijo Roberto Arlt años después en el prólogo a Los lanzallamasHay que escribir páginas que tengan la fuerza de un cross a la mandíbula.  Y Foster Wallace: Lo esencial es la emoción. La escritura tiene que estar viva, y aunque no sé cómo explicarlo, se trata de algo muy sencillo: desde los griegos, la buena literatura te hace sentir un nudo en la boca del estómago. Lo demás no sirve para nada.

 

Jorge Goyeneche selecciona poemas de suJorge Goyeneche poemas “Final de obra” para acompañar esta entrevista:

 

 

 

DEMOLICIÓN

 

La furia deja  su reguero

de uvas pisoteadas,

cáscaras duras muellen el piso

y lo nievan azules

para que nadie pueda detener su marcha

encima de ella.

El novelista solo tiene enfrente enemigos de mezcla y ladrillos huecos, inevitablemente contra ellos la emprende con sus puños, a patadas, con las uñas, también la cabeza que arde por dentro se estampa y estampa hasta el inicio del mareo que sin embargo no es eficaz para detener todas las espinas y todos los clavos gigantes que saltan bajo la piel, tras de los ojos y desde los orificios de las narices, las orejas, innumerables los poros, queriendo ser erizo contra el aire. Otras personas serían necesarias para asedar la ira, que la materia con su estupidez solo consigue multiplicar el estallido.

Ay si pudiera romper cada milímetro de arena,

piensa como ebrio el novelista,

demoler cada nanogota de agua turbia

y fundir las chapas del techo

y los metales de los cables

y los caños. Pero está solo y tiene un mandato

que incluso sobrevive lúcido a la furia de aniquilación.

Allá estarán ellos esperándolo, con curiosidad por conocer las novedades, los progresos de la obra. ¿Cuánto falta para la casa necesaria, están puestas las ventanas,

andan las luces acaso?

Ninguna de las causas que lo han herido son suficientes para demoler la construcción,

sí para arrasar la ciudad y el pasado,

sí para hacer cenizas finales de quienes lo abandonaron,

sí, seguramente sí, para decapitar todas las asperezas

e injusticias,

todos los miedos de esa época,

a cada agente de la muerte y la tortura.

Más esa marca de infortunio que se le cruza en cada bocacalle.

Pero la casa que vendrá no se merece una venganza

sino memoria.

Y así cada rincón de la obra, cada caño, cerámico,

bombita de luz habrá de ejercer

su finalidad sin odio, pero sin olvido.

La casa será el libro a pesar de las tachaduras

y enmiendas, de tantas erratas y hojas pegadas.

La furia insiste con su espuma de aerosol,

de glifosato, fumiga todo el piso

y el campo que lo rodea.

La cabeza del fémur cepilla piedras

y cada tendón se empasta de cemento agrumado,

el universo entero entra en ebullición

big bang improductivo desolador

y las galaxias giran a contramano a sus ojos

que solamente ven lo que le han hecho,

en qué lo han convertido,

y a pesar del esfuerzo por salirse de ese pozo negro

y de la toda voluntad por construirse distinto,

el suelo donde pisa de vez en cuando lo envuelve

en el terremoto de su pasado,

de las frustraciones que no logra domesticar.

Sabe que uno es lo que hace

con lo que han hecho con uno (gracias, Sartre),

pero lo que han hecho sigue de hielo

a pesar de los paños calientes.

Y cuando salen, cuando vuelven con la hipotermia de la niñez,

se alza la furia,

una cuestión fisicoquímica de compensación de temperaturas

que en lugar de equilibrar,

simplemente

destruye el todo.

Aunque sea por un instante. Y sin embargo,

las paredes sobreviven.

 

* *

 

EL LOTE

 

Ningún lugar es nada.

Toda esa tierra suya, seca y calcárea,

apisonada quizás por antiguas tropillas como una rastrillada

que no conduce a ningún destino,

esos metros cuadrados donde construir la casa que se resisten a la fuerza de sus brazos al filo de la pala y repican ante cada intento de penetración como un campanazo irritante,

toda esa tierra polvorienta donde el agua se estanca y no penetra con su oxigenación, donde no habitan lombrices que remuevan sino solamente hormigas egoístas que cavan su caverna y guardan el botín de hojas robadas, toda esa poca tierra suya muerta como un patio es algo.

Porque ningún lugar es la nada.

Allí debajo ciertamente, lo ven sus ojos rayos equis de novelista,

hay algún infierno,

algún pequeño submundo de ánimas viejas,

tal vez lejanos aborígenes que perdieran

de manera insólita su rumbo

vivifican desde abajo,

o la energía que volara de algunas vidas

como petróleo de dinosaurios.

La materia más cruda tiene también, piensa el novelista, algún brillo interior, llámese espíritu energía resto por siempre, y nada podrá interponerse entre las vidas que se acomoden en la casa allí arriba y esos númenes que emitan sub sole.

Aunque más no sea (y es mucho) estará toda la literatura

y toda la psicología. Habrá una puerta

que aborte la esperanza de los que la atraviesen

y luego todos sus círculos hasta los largos pelos

escalones que llevarán al purgatorio (entonces hay esperanza). Habitará el ello, indominable bestia (de cada uno de los que por arriba circularán), al acecho primitivo irracional

absolutamente frontal nunca mentiroso por eso mismo.

Y el superyó también habrá de pavonearse

con su cetro y su corona,

en el otro rincón del cuadrilátero inferior.

Sí, se dice (y le sirve de acicate para seguir con su obra bruta),

aquí se construye también desde el abajo,

y toda la materia no es solo cosa,

no hay tal,

no existe la nada, la nada no es,

la materia polvorienta,

la materia roca que le opone su muralla tiene vida

y alimentará y desnutrirá las otras, vigilará,

intentará mandar dominar, les gritará esto no

esto sí,

también les pinchará las plantas de los pies para que salten sangren puteen agredan.

Aunque sin lombrices, aunque puro mineral, ninguna casa es nada.

 

* * *

 

ESCALERA

 

La cara contra el piso es una crema de sangre.

Pero ninguna guerra, independencia, liberación.

Solamente una caída.

Antes hubo una mesa y sobre la mesa una escalera.

Mesa y escalera son mal maridaje,

y madera y caños soldados parecen incompatibles

salvo cuando se transforman en subibaja. Te veo y no te veo

fue el tris hasta el cerámico brillante

ahora pegajoso de sangre como crema. La cabeza

rozaba el cielorraso en su afán de conectar cables

(ay la casa con su eterna demanda de acciones)

y luego la nariz, los labios con sus dientes

en impresionante espectáculo unipersonal.

Levántate cien veces almafuerte, se dijo,

se autoconvenció voluntarista

aunque no se creía a sí mismo. Se levantó

como pudo, en minoría.

La omnipotencia tiene las patas cortas. Qué lejos

estaban todos,

y el novelista solo con toda su sangre afuera. En su estupidez pesó más la palabra que el dolor —por unos instantes, ciertamente— y se imaginó a sí mismo como media dada vuelta, como planeta con el magma afuera,

barco de agua en mar de tecas

(esta última metáfora le gustó mas, o sólo le gustó esa, la desarrollaría).

El dolor intenso es buen mensajero

y lo devolvió a su cara con el tortazo poco gag

de merengue rojo,

al brazo con todas sus partes en estallido

(uñas, dedos, muñeca y más el codo y más el hombro todavía).

Vino Pasado con modulación paterna y le dijo

«ya lo sabía te lo advertí»

vino Futuro y no habló pero en el aire quedaron las imágenes de oráculo fácil con radiografías, yesos, férulas, infiltraciones dolorosas, resonancias repletas de claustrofobia, hematomas, todo perenne. Esta vez no eran raspaduras del revoque ni moretones por martillazos ni pellizcos del alicate, pequeños poemas pizarnik.

Ahora se venía un 2666, un crimen y castigo con toda su culpa de novelista terco y omnipotente y pobre

que no puede

no quiere pagar

por lo que puede hacer él mismo,

él que todo lo aprende a los empujones con su furia

pura voluntad de burro,

que eso es sinónimo de artista creando objetos inútiles

y más aún si es novelista.

Todas esas páginas todos esos días con sus golpes pesadillas sangres que no impiden pedalear y pedalear, con sus felicidades breves más breves aún por tipear y tipear con desesperación de hombre libre.

La sangre seguía allí saliendo de sus narices

mala coagulación buena circulación

y en la casa en obra no hay botiquín solo un poco

de papel

y milagroso pervinox

que encorchan las fosas.

Limpia el novelista la cara con más miedo que al corregir escritos viejos y encuentra su cara de siempre, algo hinchada la nariz y los pómulos. Tal vez, piensa, le sirva para describir algún personaje secundario tras una pelea callejera. Alguien que vuelve del trabajo agotado y lleno de resentimiento contra su suerte miserable y se choca, pensará los detalles y las causas, con otro miserable maltratado por su familia (más arlt que cualquier otro). Sucede el cruce de golpes. Al fin y al cabo con menos se escribió el mito de Edipo.

El dolor insiste, anciano recurrente,

desmemoriado idiota

que vuelve y vuelve a decir lo mismo,

a golpear de nuevo

en el mismo hueso.

Reaparece la sangre

y gotea el piso tan trabajosamente colocado.

Una via crucis hasta el baño. Tanto dolor de afuera,

se dice, me hace olvidar mis culpas y mis cargas,

las pesadillas y malas memorias son tapadas

por la tierra densa de tanto líquido sinovial desparramado

ardiendo los músculos, tanta pared

y tanto piso contra los huesos.

Su cuerpo es un libro húmedo del que por ahora

intenta salvar el papel,

un libro quemado que apaga con las manos

y los pies descalzos.

No importa si quijote o novelita.

En la emergencia nadie pregunta por el carácter del moribundo. Maldita la velocidad de la sinapsis superior a la de músculos y tendones; el dolor llega un minisegundo después del pensamiento, o mejor decir, es tan inquieta y como de corriente alterna la idea que salta entre ay y ay permitiendo que el novelista en sangre elabore aunque de manera entrecortada unas imágenes,

pequeñas ratoneras donde esconderse

y espiar el mundo. Un titilar

de arbolito navideño, episodio mínimo,

pinchazo en el omóplato, diálogo

fugaz entre dos personajes

secundarios, ardor en el labio

cortado, sístole erótica, diástole tanática.

Nota el novelista que siempre ha sido igual entre su creación y su construcción cotidiana, una conciliación de remos que no siempre, que casi nunca, bogan simbióticos, que él gira y gira loco

sin salir de la nada

y el río lo mueve envejeciendo. Y hay que terminar la casa, hay que refugiarse de las lluvias y los fríos,

a golpes,

cómo sea,

vendrá luego de a poco la obra.

Por ahora el dolor insiste con su tenacidad de perro enceguecido.

 

* * * *

 

SILENCIO

 

Aquí no hay ecos. La zanja,

los pozos con sus fierros trenzados se tragan como oxígeno los gritos.

Nadie verá el orín de esos metales mezclados

con tres de arena una de piedra y una de cemento.

El pasto no habrá de tiritar con la melodía del llanto

ni los acordes de la queja. Los animales

pastan lejanos y apenas si una vaca mueve su cabeza

hacia la fuente del lamento. Más tarde

irán trepando las paredes y entre sus huecos

se volarán ayes y puteadas. Y cuando la construcción

sea casi una casa,

todas las voces del novelista se colarán

entre la cal del revoque fino.

Allí estarán, a la espera.

 

 

· · · · ·

(Entrevista realizada a través del correo electrónico en las ciudades de La Plata y Buenos Aires, Jorge Goyeneche yRolando Revagliatti, mayo de 2018).

 


 

Rolando Revagliatti nació en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina, en 1945. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com
Ha sido incluido en unas setenta antologías: Dramaturgia Latinoamericana: Argentina (en República Dominicana, 2008); Minificcionistas de ‘El Cuento’ Revista de Imaginación (en México, 2014); Poesía en el Subte (1999), Poesía Argentina Año 2000 (Tomo 1, selección de Marcela Croce, 1999); MeloPoeFant Internacional (bilingüe castellano-alemán, coedición en Perú y Alemania, 2004); Pequeña Antología de la Poesía Argentina (selección de Jorge Santiago Perednik, 2004); Al Sur (2008); El Verso Toma la Palabra (México, 2010); Italiani D’Altrove (bilingüe castellano-italiano, Italia, 2010); El Cine y la Poesía Argentina(selección de Héctor Freire, 2011), etc.
Sus producciones en vídeo se hallan en:
http://www.youtube.com/rolandorevagliatti
y en Los vídeos de Rolando Revagliatti (Vimeo).

 

ⓘ ILUSTRACIONES: Imágenes y tapas de libros han sido remitidas por el autor de esta entrevista. © de sus respectivos autores.

→ Leer más entrevistas realizadas por Rolando Revagliatti (en Almiar)

COLABORACIÓN EN LA REVISTA ÁLORA “LA BIEN CERCADA”

Estar colaborando en revistas como La Alcazaba, Estrechando.
Ahora “Álora la Bien Cercada ” :
con autores como Hilario Barrero, Ángeles Mora, Luis Maria Rabanal, Fernando Sarría, Custodio Tejada , Alfredo Piquer, Paloma Corrales, y tantos nombres que no tenía ni idea que estuvieraN, me hace feliz, me hace feliz …..siempre adelante luchando y lo que me quieran pedir …ahí estaré …presentarla en Úbeda es un lujo.
Dirige Jose Maria Lopera y coordina Isabel Miguel.

INCLUYE un poema de mi autorÍa:
OSCURO de mi libro TEMPO

OSCURO

Oscuro.

Las gotas se suicidan poco a poco. Poco a poco se derriten en este mar. Oscuro.

Lento, genuino volcán en la noche.

La puerta como una ribera entre plantas. Me veo como una pluma de costado.

El velo se rompe como el Templo. No Te veo.

Oscuro

se vuelve el viento, se vuelve la sequía. Oscuro,

el mar, el aire.

Oscuro… Mi cuerpo

bien